Hacer un código QR lo hace cualquiera en un minuto. Hacer uno que se lea con el móvil de tu tío, con poca luz, plastificado y con brillo, y que siga valiendo dentro de dos años, ya no. Lo que hay que mirar, por orden.
Casi todos los QR de mesa que se ven por ahí tienen alguno de estos tres problemas: son de un generador gratuito y llevan su marca encima, son «dinámicos» y dejan de funcionar el día que la prueba gratis se acaba, o llevan a un PDF. Vamos por partes.
1 · Cuidado con los generadores «gratis»
Hay dos tipos y no se parecen en nada.
Los estáticos guardan la dirección dentro del propio dibujo. Son gratis de verdad, no caducan y no dependen de nadie: si mañana desaparece la web del que te lo hizo, tu código sigue llevando a donde llevaba.
Los dinámicos guardan dentro una dirección del servicio, que luego reenvía a la tuya. Te dejan cambiar el destino sin reimprimir, y por eso los venden. El problema es el que te imaginas: si dejas de pagar, o el servicio cierra, todos los carteles que has impreso dejan de funcionar a la vez. Y encima esa empresa sabe cuánta gente escanea en tu bar y a qué hora.
Para la carta de un bar no hace falta un QR dinámico. El código lleva a la dirección de tu carta y esa dirección no cambia nunca; lo que cambia es lo que hay dentro.
2 · El nivel de corrección: pídelo alto
Todos los QR llevan información de sobra para reconstruirse si se estropea un trozo, y ese margen se elige al generarlo. Hay cuatro niveles; el más alto, el H, recupera alrededor del 30 % del código.
En un bar eso no es teoría: es la mancha de aceite, la esquina rozada del cartelito, el vaso que gotea encima y el reflejo del fluorescente. Con nivel bajo, el mismo código lleva un año funcionando y un día deja de leerse y nadie sabe por qué. Con nivel alto aguanta, y además es lo único que permite lo del punto siguiente.
3 · El logotipo en medio: sí, pero con dos reglas
Poner tu logo en el centro está bien: se reconoce de un vistazo y no parece un código de una caja de cartón. Pero hay dos cosas que fallan siempre.
Una: el logo no puede ir con el fondo transparente. Si va calado, por los huecos de las letras se ve el código de detrás y queda sucio; y esos huecos confunden al lector. El logo tiene que ir sobre su propia pastilla de color, con un filo blanco que lo separe de los cuadraditos.
Y dos, la que casi nadie sabe: el dibujo no puede tocar el borde de esa pastilla. Cuando la silueta llega justo hasta el filo, se confunde con los módulos negros de alrededor y hay lectores que dejan de leer el código entero. Con dejar un anillo de color liso alrededor del logo, el mismo código vuelve a leerse. Nos pasó montando el nuestro y costó un rato entenderlo, porque no da ningún aviso: simplemente unos móviles lo leen y otros no.
Como referencia, el logo no debería tapar más del 10 % de la superficie. Cuanto menos tape, más margen queda para las manchas y los roces.
4 · De qué tamaño hay que imprimirlo
Hay una regla sencilla y se cumple bastante bien: el lado del código, más o menos, la décima parte de la distancia desde la que se va a leer.
- En la mesa, se lee a unos 30 cm: con 3 cm bastaría, pero no bajes de 4 o 5 cm. El cliente no acerca el móvil todo lo que tú crees, y muchos no llegan bien de vista.
- En la puerta o el escaparate, se lee desde la acera, a un metro y medio o dos: 15 o 20 cm de lado.
- En un cartel grande o en una pizarra de la calle, súbelo a 25 cm o más.
Y una cosa que no se ve venir: el archivo tiene que ser grande. Si te dan una imagen de 300 píxeles y la mandas a imprenta a 20 cm, sale borroso y no lee. Pide el código en un archivo de 1.000 píxeles de lado como mínimo, mejor si es vectorial.
Deja también el marco blanco de alrededor. No es decoración: el lector lo necesita para saber dónde empieza el código. Recortarlo a ras es una de las formas más habituales de romper un QR que estaba bien.
5 · Dónde se pone
- En la mesa, en un cartelito rígido de pie, no pegado al mantel: el mantel se cambia, se mancha y acaba con el código debajo de un plato.
- En la puerta, por fuera, a la altura de los ojos. Este es el que más rinde y casi nadie lo pone: quien pasa y duda si entrar mira la carta desde la calle.
- En la barra, para el que come de pie.
- Y si repartís algo impreso —una tarjeta, la bolsa del reparto—, ahí también.
Sobre plastificarlo: hazlo, pero en mate. El plástico brillante devuelve el reflejo de la lámpara justo encima del código y hay móviles que se quedan mirándolo sin leer nada.
Y escribe al lado, en letra pequeña, qué hay al otro lado: «apunta con la cámara y verás la carta». Parece obvio y no lo es para todo el mundo.
6 · Comprueba que se lee, no que se ve
Es lo que más se salta y lo único que importa. Que un QR se vea bonito en la pantalla del que lo hizo no quiere decir nada.
- Pruébalo impreso, no en la pantalla del ordenador.
- Con dos móviles distintos por lo menos, uno de ellos viejo.
- Con la luz que hay en tu bar de noche, que no es la de la oficina donde se hizo.
- Ya plastificado y con el reflejo puesto.
- Y desde donde lo va a leer el cliente: sentado, no con el móvil a cinco centímetros.
Si falla en alguno, no lo imprimas todavía. Reimprimir cuarenta cartelitos cuesta más que probarlo un martes por la tarde.
7 · Y a dónde debe llevar
A tu carta, no a un PDF y no a tu página de Facebook. Ya contamos por qué el PDF no vale: pesa, no se lee sin zoom y Google no sabe lo que hay dentro.
Y que sea una dirección tuya, que no vaya a cambiar. Ese es el truco de que el QR no caduque nunca: el código apunta siempre al mismo sitio y lo que cambia es la carta que hay dentro. Si un día te mudas de dirección, hay que reimprimir; por eso conviene pensarlo antes de mandar nada a imprenta.
Nosotros lo hacemos así, y el QR va de regalo. Nivel de corrección alto, tu logotipo dentro con su anillo, archivo grande para imprimir a cualquier tamaño y comprobado con lector antes de dártelo. Aquí está el detalle, con la carta desde 59 € al año.

